sábado, 31 de mayo de 2014

Nahuel Capítulo 14

Me acerco como una bala a Saummus y a Zeil esquivando la gran multitud. Mi espada resplandece por el sol pero la gente apena se da cuenta de que voy con mi arma desenfundada. Apenas les doy tiempo a separarse para levantar mi espada y amputar de un corte limpio la mano derecha del sucio monarca. El pánico cunde en la plaza, la sangre lo mancha todo tiñendo todo de rojo brillante, Saummus gritaba desesperado por el dolor. Zeil estaba inmóvil, igual que yo por mi actuación, pero poco nos duro.

- ¡Como te atreves, asqueroso saifuche! - Zeil desenfunda su espada y me ataca. - ¡Eres un mentiroso! Lo único que querías era la muerte de mi tío...

- ¡No, yo...! Espera... ¿Qué he hecho...? - no puedo creerme que me haya dejado llevar por el odio. He amputado la mano de un hombre por nada, suposiciones.

- ¡...Pren... ded... lo...! ¡¡Matadlo!! - dijo Saummus consumido por la rabia y el dolor.

Las miradas se concentran en mí. Zeil vuelve a atacarme, apenas lo esquivo llevándome un gran corte en la pierna y cayendo pesadamente al suelo con un ruido sordo. Estoy algo mareado por la caída, solo veo que sobre mi se abalanzan siluetas con arma en mano dispuestas a quitarme la vida, la silueta más pronunciada es la de Zeil, agarro tierra del suelo y la tiro en dirección a sus ojos, aún que no tengo ni idea de si le llego a dar a ninguno. Ya veo la sombría mano de la muerte ceñirse sobre mi, la verdad esperaba morir de otra manera diferente a ser insertado en la espada de mi mejor amigo. En la lejanía me parece oír unas palabras arcanas y en el momento preciso una pared de tierra me rodea salvándome de morir a manos de aquellos hombres. La figura de Atanasia aparece ante mí agachándose.

- Eres un idiota. ¿Te puedes mover? - me pregunta mientras inspecciona la herida.

- ¡Auch! Me temo que no... - digo intentando levantarme, la herida me tira, estoy perdiendo bastante sangre y el cuerpo se me está debilitando. Una pequeña grieta se hace en la pared. - ¡Tenemos que largarnos ya!

- Mierda... - se la ve preocupada, si no se nos ocurre algo moriremos los dos.

- ¡Ata, vete! No puedo dejar que te maten... Utiliza tu magia y marchate. - sus ojos azules se abrieron como platos.

- Perdón, Nahu... - empieza a conjurar un hechizo. Yo ya me empiezo a preparar para lo peor. De repente ocurre gran sacudida y una caída precipitada. Acto seguido oscuridad total. ¿Qué habrá pasado? ¿He muerto ya? Algo me toca la rodilla y hace que me arda la herida desesperadamente. Me comienzo a quejar de dolor y lo único que siento es una mano tapándome en la boca, por el tacto es Ata. Eso demuestra que sigo vivo.En aquel lugar oscuro olía a moho y tierra mojada. Había gran cantidad de humedad, ya que notaba como mi ropa se ceñía a mi cuerpo. Se oyen voces sobre nosotros, entre ellas escucho la de Zeil, pero están como lejos. - Siento la sacudida, Nahu. Tenía que sacarnos de allí. - susurra, así que sigo su ejemplo.

- ¿Y qué has hecho?

- Abrí un boquete bajo nuestros pies cayendo en una cámara de aire subterránea. No son tan inteligentes como para descubrirnos pero necesito sacarte de aquí si no quiero que esa herida se infecte más.

- ¿Más?

- Zeil, no es tonto aún que lo parezca, ha vivido muchas guerras y siempre se aprenden trucos sucios para vencer con menos esfuerzo. Su espada está envenenada, solo con el olor que desprendía tu herida lo supe. Si mi teoría es cierta las cloacas deben de estar a pocos metros de nosotros. Voy a volver a hacer el mismo conjuro. - noto que se pone encima mía, menos mal que está oscuro porque me estoy poniendo rojo. - agarrate bien a mí - hago lo que me dice y la agarro por la cintura. Pronuncia las mismas palabras que antes y se vuelve a sentir la misma sacudida y de nuevo caemos. Me aferro a Ata con todas las fuerzas que tengo, evitando que se separe de mí. Caemos con un chapoteo sonoro al agua. Oigo mi espada caer junto con nosotros, pero en vez de caer en agua el sonido emitido por la caída es de metal contra piedra.

Sacamos la cabeza del agua y veo que justo hemos caído en un río hecho para llevar el agua potable, de puro milagro no caímos sobre piedra, como mi arma, nos hubiéramos partido la cabeza. Ata nada rápido a la orilla, a mi me cuesta por la pierna, pero con mucho esfuerzo logro salir del agua.

- ¿Estas bien? - le pregunto jadeante.

- Yo estoy perfecta - me sonríe, pero rápido se le borra la sonrisa. - pero tu no. Tengo q hacer algo con el veneno. - dice apresuradamente, abalanzándose a mirar mi herida.

- Ata, relajate. Sabes que si utilizas demasiado la magia acaba con tus energías. - le dije agarrándola de la mano con delicadeza.

- Pero... morirás...

- Ven. - acomodo su cabeza en mi pecho, de forma que escuche con claridad mi corazón. - ¿Lo oyes? Eso te confirma que estoy vivo, no prendo morirme y dejarte sola, Ata. - ella levanta la cabeza y me mira con cariño y preocupación.

- ¿Me lo prometes? - sus ojos resplandecen con los reflejos de los rayos de sol en aquella agua que entraban por una abertura en la superficie. No aguanto por más tiempo, acaricio con cariño su rostro y deposito un beso en sus labios. Ella se sorprende, pero corresponde a mi beso. Al separarnos apoyamos nuestras frentes una contra la otra y la abrazo.

- Ata, te quiero. Si por mi fuera te prometería la eternidad. Eso lo llevo sabiendo todos estos años. Me enamoré de ti apenas conocerte y ese amor perduró durante tanto tiempo. La alegría de verte de nuevo me devolvió la fuerza. Pero jamás pensé que algún día te lo diría. - digo apartando mi cara para que no viera que me estaba poniendo rojo. - Bueno, ¿no dices nada?

- No sé que decir. Me ha pillado de sorpresa todo esto. Si llevas tanto tiempo sintiendo algo así, ¿por qué no me dijiste nada?

- Por Zeil. Soy suficientemente listo como para ver lo que pasa con él.

- ¿Zeil? ¿Qué pasa con él?

- ¿No te habías dado cuenta?

- ¿De qué?

- De nada. Yo no te lo diré,  no son mis asuntos.

- Nahuel...

- Estoy cansado, voy a descansar. - me acomodo como puedo sobre la piedra. Ata se acomoda en mi pecho y yo la abrazo con amor, como siempre había deseado tenerla entre mis brazos.

- Sabes que lo descubriré...

- No lo dudo. Descansa, Ata. - cierro los ojos para dormir, aún que preveo una noche dura debido al dolor de la pierna. Siento a Ata agarrada con fuerza a mi camiseta, siento su calor, olor, tacto... Porque se con certeza que estoy vivo, si no juraría que estoy muerto.