jueves, 3 de octubre de 2013

Nahuel Capítulo 5

Mi madre me obliga a escoger cosas que realmente me dan igual, así que lo que me dedico a hacer todo el día es sonreír y asentir a cada pregunta que me hacen. Al anochecer mi madre cree que vale por hoy y yo, aliviadísimo, me voy a mi habitación corriendo.

Cierro la puerta para evitar que me molesten, enciendo el ordenador y cojo el libro de los dragones de su escondite. Investigaré sobre el sueño que me ha rondado por la cabeza todo el santo día. Busco en el libro el nombre del autor o siquiera el titulo del mismo libro. Pero no veo en el libro ninguna de esas titulaciones, no pone nada. Así que me dispongo a investigar la palabra tan extraña que había en común entre mi sueño y el libro. Tecleo rápido y el buscador lentamente me da las respuestas a lo que busco. Entro en el primer enlace, una página antigua y en desuso.

Nadie usaba ya ordenadores, las cosas electrónicas obsoletas. La electricidad se había colapsado hace cientos de años así que casi nada funcionaba. La poca gente que usaban electrónica eran los más ricos y los tios raros que no podían despegarse de la pantalla.

La página en la que entro dice:

"Forsvaret.

En la antigua noruega se decía que Forsvaret era un ser mitológico el cual tenía la función de defensa. Cuentan los antiguos nórdicos que en un momento de necesidad el Forsvaret se levantaría de la oscuridad para contrarrestar al mal y destruirlo con una luz verde de esperanza. La leyenda cuenta que sólo quien tenga la fuerza necesaria para defenderse contra las más impasible de las tormentas podrá encontrar al ser mágico pero tendrá que..."

E Internet se cuelga, así que no puedo leer más. Esa es la razón porqué no se utiliza nunca Internet. Defraudado por la poca información que he podido obtener, desconecto el viejo ordenador y salgo de la habitación, sin rumbo fijo. Arrastrando los pies y por el suelo de piedra del castillo y cabizbajo pienso en las cosas que sucedían a mi alrededor últimamente. Sin quererlo acabo enfrente de los establos. Me quedo totalmente quieto al oír dentro una suave voz femenina. ¿Qué hara una doncella a esas horas en el establo? Indeciso no sé si entrar o no. Acabo entrando y lo que veo me encandila. Una muchacha jóven, más que yo inclúso, acaricia a Azabache con unas manos de porcelana. Mi caballo respira tranquilo y calmado.

- ¿Qué hace aquí a éstas horas, señorita? - pregunto con la mayor autoridad que encuentro.

La jóven se gira sorprendida, provocando el ondear de su vestido junto con su capa de la cual la capucha que llevaba se le escurriera hacia la espalda, dejando al descubierto un pelo de color negro como el de mi caballo, semi recojido en un complicado peinado de trenzas, no muy típico de ésta región.

- ¡Perdonadme! - se disculpa inmediatamente - Es que estaba el caballo intranquilo y no pude evitar entrar a calmarle lo que pudiera.

- Pues gracias.

- ¿Por qué me da las gracias? Me he colado en el establo real sin permiso, lo último que me esperaría era que me diera las gracias.

- ¿Y que os esperariais? - pregunto curioso por esa extraña muchacha.

- No sé, pues que avisara a los guardias, éstos al príncipe y me metieran en los calabozos por allanamiento. - ¿no me reconoce? ¿no sabe que yo soy el príncipe? La oportunidad de que me trataran como una persona común y no como un niño de sangre azul se presenta ante mis ojos en ese mismo instante, con esa chica salida de la nada.

- No haría eso. Pero también porque yo a ese caballo le tengo mucho aprecio, - me acerco al animal y le acaricio el hocico, quedando cerca de la jóven. - es un amigo.

- La verdad es que es un animal precioso - la miro y veo sus ojos azules resaltar en su dulce cara. Es una chica muy bella.

- Si... Precioso... - susurro como un estúpido sin poder quitar mi vista de ella. Me mira y aparto la mirada. ¡Qué vergüenza! Sólo espero no acabar rojo como un tomate. - Soy Na... Nathanael - me invento, no puedo dejar que descubra que soy el príncipe y perder la oportunidad de ser un chico normal.

- Yo Vi... Vienna- me sonríe. Espero que sólo haya sido mi imaginación la que me dice que nuestras presentaciones han sido en tonos parecidos. - Encantada, Nathanael. He de marcharme ya es muy tarde.

- Buenas noches, Vienna. - con todo el valor de mi cuerpo le tomo la mano y se la beso como un caballero. La noto sonrojarse algo pero al los instantes sale casi corriendo de los establos. Yo hago lo mismo con dirección a mi habitación. Ojalá la vea mañana en el Dereom...