viernes, 13 de septiembre de 2013

Nahuel Capítulo 1

Sentado en mi tienda espero a que me preparen un transporte para volver a casa. Aún escucho el choque de las espadas y veo la sangre corriendo por los cuerpos de mis soldados y compañeros. Hace tres meses que esta guerra se ha intensificado lo suficiente como para que los reyes y los príncipes de los diferentes clanes se hayan dignado a acercarse siquiera al campo de batalla.

- Su alteza Nahuel, su barco ya está listo para zarpar inmediatamente. - el comandante Rei se adentró en mi tienda para avisarme de mi cercana partida. Es un hombre maduro, de gran tamaño y una fuerza descomunal. Sus ojos color tierra son bondadosos y amables. En su pelo pelirrojo ya se distinguen alguna que otra cana.

- De acuerdo. - digo cabizbajo.

- Señor, no ha de preocuparse. Somos fuertes y sabemos defendernos. Usted vuelva a casa, su madre le necesita.

- Pero mi madre está segura en un castillo enorme. Mientras que vosotros morís en el campo de batalla. - me levanto del asiento y me pongo frente a él. - No me gusta que mis soldados mueran mientras yo me encuentro caliente en mi cama.

- Los soldados que pierden la vida lo hacen con valor, sirviendo a su clan. Son héroes que se recordarán siempre. Usted, con todos mis respetos, es un muchacho de dieciséis años con un sino más grande que cualquier héroe. Vos seréis rey. Uno de los mejores - se acerca a mí y me pone su mano áspera y curtida sobre el hombro. - Volved a casa y sed el rey que ahora mismo se precisa en estos momentos de crisis.

- No es que me haga gracia, pero volveré. Si no vuelvo a mi madre le va a dar un paro cardíaco. - reímos los dos por mi comentario. Le miro y le abrazo - Gracias por el discurso, Rei, lo necesitaba. Fuiste como un padre cuando el mio murió. Te debo mucho. Por favor, no mueras.

- No podrán conmigo, príncipe.

Nos separamos y salgo de la tienda. Mi alma se rompe en trizas al dejar a mis hombres en aquel desamparado lugar.

De camino al embarcadero veo a los soldados practicando para defender el nombre de nuestra tribu, su patria y hogar. No puedo sentir otra cosa más que orgullo por ver a un pueblo tan unido y tan fuerte como nosotros los Saifuches.


La travesía fue larga y agotadora, pero por fin se divisaba desde la proa del navío el gran castillo en donde se encuentra mi familia. Mi casa.

Entro en la sala del trono recto y firme. Al llegar al frente del trono me arrodillo y agacho la cabeza.

- Mi reina Likara, los soldados mantienen a los Hikafuenses y a los del Nuevo Impero a raya. Se ha establecido una calma pasajera que nos permitirá planear algo ofensiv... - mientras hablaba la reina se había arrodillado en frente mía y me abrazaba con fuerza, por lo que interrumpió el discurso que llevaba preparándome durante todo en viaje.

- Soy tu madre, me dan igual todas esas cosas. Por fin estás en casa conmigo y estás bien. - me dejó de abrazar y nos levantamos del suelo pero con rapidez me agarró la cara con ambas manos. - Por Odin, que mayor te haces. Mírate que alto y fuerte estás. - la verdad es que había crecido mientras me hallaba en la guerra. Ya le llevo una cabeza y media a mi madre y es una mujer alta. - Tienes la altura de tu padre, hijo mío, eres más delgado pero eres idéntico a él. - aparto la mirada.

La verdad es que no me gusta mucho estar en casa. Mi madre me sobre protege por ser su único hijo y la única familia que le queda. Según ella, ya había perdido a su marido y no permitiría que nada malo me parara a mi. Además todo el mundo me repetía lo bueno que era mi padre y lo mucho que me parecía a él. No es que odiara a mi padre, todo lo contrario, lo adoraba pero deseo que sea un recuerdo pasado, no que siempre esté presente como mi ejemplo a seguir.

- Bueno, mamá ya regresé. - la miro a sus ojos verde hierba, cristalinos y brillantes debido a las lagrimas de alegría que se aguantaba. No me entusiasmaba volver pero sé que ella así lo quería.