domingo, 29 de septiembre de 2013

Atanasia Capítulo 3

Parece que discuten el principe Zeil y su tío el rey sobre el desposamiento del jóven. La lucha parece dura y tiene pinta de que Zeil tiene las de perder.

-Saummus, por favor, acabo de llegar
de tres meses de batalla, ¡no me agobies con temas que no me interesan! Tres dias…¡por favor! - suplica Zeil.

-Pues una semana y ningun dia más. - sentencia el rey.

Zeil sale de la sala malhumorado. Le sigo. Recorre el castillo sin percatarse siquiera que le sigo, anda demasiado metido en su cabeza. La verdad es que siguiendole me di cuenta de que ya no era el niño que yo había conocido tiempo atrás, su espalda era más ancha y sus músculos estaban más definidos que antes. Pero sus andares orgullosos y su porte de principe no habían cambiado nada.

De repente se gira y entra en una habitación cerrando la puerta de golpe. Oigo la cerradura. Cerró con llave. Chasqueó los dientes, no puede ser que sea tan listo sin querer. Me dirijo a la habitación contigua y giro con cuidado la manilla para abrirla, pir suerte está abierta. Me adentro en el cuarto, parece una habitación vacía todo está tapado con sábanas. Me asomo a la ventana para ver si puedo asomarme a la de Zeil. Hay un saliente lo suficientemente ancho para mi, con que tenga cuidado de no caer llega. Salgo por la ventana con cuidado para asomarme a la suya.

Voy con pies de plomo acercandome cada vez más a la ventana colindante. Al llegar a ella me agarro con fuerza para no caer ni resbalar. Me asomo y allí está él tumbado en la cama con cara de cansancio y jugando a una consola de aquellas antiguas. Decido que no pienso dejar que se duerma el solo así que le doy una pequeña ayuda y le lanzo un hechizo de sueño. Cae rendido al poco. Me quedo en esa posición un poco, observandolo.

Despejo mi mente de recuerdos inservibles para mi misión, que me trae el verlo allí dormido y vuelvo por donde vine y me dispongo a cumplir la misión que se me encomendó. Pero antes me echaré una cabezada para poder emprender mi cometido despejada y sin sueño, al alba me levanto y doy comienzo a la operación.

Salgo despacio, compruebo que el pasillo está completamente desierto y petó con fuerza en la puerta de Zeil. Lo oigo sobresaltarse.

-¿Qui…quien es?-pregunta con voz temblorosa detrás de la puerta.

No respondo, le oigo levantarse y me vuelve a preguntar lo mismo, pero de nuevo, no contesto. Oigo que agetrea con algo, conociendolo, para ganar tiempo. Escucho el desenfunde de una espada, estará preparado para mi intrusión. Giro el pomo, como bien observé con anterioridad esta cerrada. Con un simple hechizo la abro y la puerta cede. Una silla impide mi entrar pero con un rápido movimiento la esquivo y me adentro en el cuarto. Zeil funciona por instinto así que le dejo que se coloque detrás mía, apesar de que ya lo había oido. Me coloca la espada en la garganta y me dice al oido entre susurros...

-¿Quién eres? ¿Por qué te tapas
la cara?

-No has debido de hacer eso, Zeil- contesto seca.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién
eres?

No contesto y tampoco dejo que haga alguna pregunta más. Con un rápido movimiento de defensa le agarro del cuello y lo tiro al suelo. Provocando que pierda la consciencia.

Hechizo el cuerpo inerte del jóven y me lo llevo casi en volandas. He de correr, pronto el castillo se pondrá en marcha y no va a ser fácil salir de aquel castillo con el príncipe medio muerto.

Salgo por los pasadizos que encuentro. Y llego al coche sin problemas, es un milagro. Meto a Zeil en el asiento del copiloto y me subo al coche dispuesta a volver con el sensei.

-Misión completa. - me susurro a mi misma mientras enciendo el motor.

Arranco y pongo rumbo a casa. Pero esta vez voy por el camino del oeste, ya que aún que me llevará tres horas más es mucho más seguro porque no hay guardias. Llevabamos ya un buen trecho recorrido cuando Zeil se removió en el asiento. Le miré para ver que no se despertaba pero seguía dormido.

- Ata, Nahu.... - susurró en sueños.

¿Se acordaba de nosotros? Pense que había olvidado toda su infancia. No sabía si alegrarme porque aún me manteniera en la memoria o preocuparme por su salud mental.

En todo el viaje no volvió a decir nada ni a siquiera moverse. Pero yo ne quedé pensando en lo mucho que habíamos cambiado desde que eramos pequeños. Yo ya no era ninguna princesita y Zeil era todo un hombre, y Nahuel... ¿Cómo estaría el pequeñin?

Pensando y dándole vueltas al pasado se me pasó el viaje volando. Cuando me di cuenta ya veía nuestro destino que asomaba desde entre los árboles.